La doble apuesta de Schiaretti y la zozobra de Cambiemos

En carrera. Luis Juez, Héctor Baldassi, Mario Negri, Ramón Mestre y Juan Schiaretti. (Ilustración de Juan Delfini)

Mucho antes de que la crisis tomase las riendas del país que conduce el macrismo, UPC comenzó a hacer su trabajo. 

Sin decir una palabra, el gobernador Juan Schiaretti envió esta semana una señal potente hacia el seno de su partido, con la que ordenó cuáles son sus prioridades en materia electoral.

El ahora único líder del PJ cordobés tras la muerte de José Manuel de la Sota tomó distancia del coqueteo y de las versiones que lo ponen como un eventual protagonista de la escena nacional.

Concentrado en su reconfigurado objetivo de doble golpe electoral para 2019 –retener el Centro Cívico y reconquistar para su partido el esquivo Palacio 6 de Julio–, el gobernador se diferenció del resto de los peronistas del país, que utilizaron la excusa de la celebración del día de la lealtad para exhibirse en la vidriera fragmentada del PJ, que aspira a encapsular en sólo cuatro años la era de Mauricio Macri en el poder.

Un ministro de peso del gabinete provincial lo comentó en los últimos días: “Me negaba a creer que ‘el Gringo’ quisiese también ganar la Capital, pero tengo que admitirlo: me convencieron”, lanzó, descreído hasta entonces, el funcionario.

Esa determinación, adelantada por este medio hace dos semanas, es el reverso del cachetazo electoral que hace hoy exactamente un año recibió Unión por Córdoba de manos de Cambiemos, en lo que fue la peor derrota del peronismo de los últimos años.

Casi un millón (998.363 votos, 48,3 por ciento) obtuvo la oposición en toda la provincia, frente a los 622.321 (30,5 por ciento) del peronismo. Pese a eso, 365 días después, el horizonte ya no es sombrío para el PJ.

Schiaretti y su partido tomaron nota de aquel cachetazo. Tras el cimbronazo y la amenaza de un futuro cercano alejado del poder provincial, el músculo del PJ se reactivó con una capacidad que envidian sus opositores.

Mucho antes de que la crisis económica tomase las riendas del país que conduce el macrismo, UPC comenzó a hacer su trabajo.

Lo primero fue asegurarse para sí las herramientas electorales para la puja por venir.

Sin perder el tiempo, y pese a las críticas, hizo más discrecional la potestad de fijar la fecha de los comicios, estructuró un calendario electoral en el interior que le da margen para negociar con los intendentes no oficialistas y parió la creación de una figura con poder de daño concreto, que todavía los opositores no terminan de mensurar cuán perdidosa será para sus intereses: la doble candidatura, una carnada en extremo tentadora para los opositores. Un cebo que incluye recursos, exposición pública y la posibilidad concreta de llegar a una banca legislativa sin deberle nada a nadie.

Yo fragmento, ellos se fragmentan, nosotros fragmentamos, conjugan en Unión por Córdoba su verbo predilecto.

¿Qué podría ofrecerle, por ejemplo, Cambiemos a quien hoy cree poder obtener los votos necesarios para llegar a la Legislatura? Aunque no lo digan públicamente, ya hay al menos cinco posibles candidatos para ponerse ese buzo de doble candidato en 2019.

Con esta herramienta bajo el poncho, la pretendida construcción de engorde que planteó Ramón Mestre con su “Cambiemos a la cordobesa” asoma herida de muerte.

Una siesta de un año

Desde aquel triunfo contundente que encabezó Héctor Baldassi y que tuvo como gran elector a Macri, la versión doméstica de Cambiemos se la pasó autodestruyéndose, el hobby en el que ocupa la mayor parte del tiempo.

No hay registros, al menos en el último año, de un cónclave entre los socios para sentar las bases del proyecto político que tiene como norte, como aseguran, jubilar al PJ del poder tras dos décadas.

Ahora que el tiempo apremia y se acerca el momento de las definiciones, al estado de internismo permanente en el que viven radicales y macristas, y a la tensión con el Frente Cívico, se suma una novedad que nadie tenía en los planes: la amenaza peronista en la Capital y la posibilidad –que para varios opositores ya es concreta– de quedarse con las manos vacías en 2019. En términos políticos, sería una tragedia para el radicalismo.

Después de varias postergaciones, en el mestrismo aseguran que el viernes próximo habrá presentación de equipos técnicos. En el PRO lo ponen en duda. Mario Negri, el otro postulante radical, prefiere, antes, conformar una mesa política. Primero el carro, después los caballos. No hay alianza confirmada, ¿sí equipos técnicos?

Luis Juez, el otro actor del armado, está decidido a competir en la Capital. Se lo dijo a Mestre hace meses y se lo ratificó a Negri hace 15 días en el asado que compartieron en la casa del líder del Frente Cívico. El diputado radical le confirmó su idea de luchar por la gobernación. Las cartas están echadas.

Negri está dispuesto a disputar una interna abierta combinada (sin restricción) entre los adherentes al espacio. Mestre, en cambio, quiere una compulsa sólo entre radicales, para luego negociar con el PRO. La diferencia es central. Jefe del radicalismo, si no hay acuerdo, Mestre tendrá al partido como respaldo.

El desaguisado sigue espeso. En 2017, al filo del tiempo judicial, Mestre maldijo las condiciones que impuso la Casa Rosada, pero la alianza se constituyó. Dentro de algunos meses, los socios deberán renovar ese acuerdo ante la Justicia electoral. La mayor parte de la clase política da por descontado que eso sucederá.

Podría equivocarse mucho antes de que la crisis tomase las riendas del país que conduce el macrismo, UPC comenzó a hacer su trabajo.

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El texto original de este artículo fue publicado el 21/10/2018 en nuestra edición impresa. Ingrese a la edición pdf para leerlo igual que en el papel.
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